sábado, 25 de marzo de 2017

El Confidente


Adictos a la pantalla 

Una de las reseñas que definen nuestra sociedad moderna, es constatar cómo muchos de nosotros estamos sometidos a una adicción. Puede parecer una exageración, pero los hechos están ahí.
Primero hay que definir qué se entiende por adicción; según tengo entendido, la adicción es algo que alguien disfruta hacer a corto plazo, pero que perjudica su bienestar a largo plazo. De cualquier forma, lo hace de una manera totalmente compulsiva.  

El psicólogo social neoyorquino, Adam Alter, acaba de publicar un libro con un ensayo sobre el tema y  donde se advierte que muchos de nosotros, entendiendo como tal a adolescentes, adultos, e incluso niños, somos adictos a los productos informáticos modernos, pero adictos no en una forma figurada, sino real y literal.
El autor explica resumidamente, cómo tenemos una tendencia biológica a quedarnos enganchados por este tipo de experiencias. Asegura que cuando alguien es adicto a las máquinas tragaperras, al estar jugando en ellas, las sensaciones de su cerebro equivaldrían a las de alguien que está consumiendo cocaína.

Parecemos estar diseñados de una forma tal, que siempre cuando una experiencia nos gusta mucho, nuestro cerebro libera dopamina en el cuerpo que nos hace sentir de maravilla a corto plazo. Normalmente en los casos de verdadera adicción, sucede que a largo plazo, adquirimos mayor tolerancia y deseamos más.

Si nos remontamos a unos cincuenta años atrás, veríamos que las adicciones se resumían en el juego y el alcohol. Sin embargo hoy día, el abanico de adicciones se ha ampliado y se pueden encasillar en dos grupos: las adicciones a sustancias y las conductuales. Además de añadir las drogas al grupo de las sustancias, donde solo había el alcohol, también debemos añadir la adicción a las pantallas informáticas en el grupo de las conductuales, donde solo figuraba el juego.
No es tan normal, que haya usuarios que pasen tres horas al día pegados a la pantalla del teléfono. Tampoco lo es, que adolescentes puedan pasarse una semana encerrados en su habitación jugando con sus videojuegos favoritos. Resulta por lo menos pasmoso, ver a gran cantidad de nuestros jóvenes, cómo van andando por las calles de nuestras ciudades con la mirada ansiosa, fija en la pantalla del teléfono.

La aplicación Snapchat, se pavonea de que sus jóvenes usuarios, abran la aplicación nada menos que unas 19 veces al día. Y todo ello aumenta con la implantación de redes sociales, tabletas y teléfonos inteligentes. Son, en definitiva, unos pequeños ordenadores de bolsillo, cuyas pantallas captan nuestra atención de una forma muy, pero que muy reiterada. Quizás, demasiado reiterada.

El autor reseña como caso extremo, el de un joven que pasó sentado frente a su ordenador durante 45 días consecutivos. Su forma compulsiva de jugar había acabado con el resto de su vida. Hubo que ingresarle en Restart, una clínica especializada en jóvenes con dependencia a los juegos que se encuentra en el estado de Washington. 

Todo ello parecer responder en cierta medida a la pregunta: ¿Por qué no podemos quitar los ojos de nuestras pantallas? Pues, por una más que probada adicción. Pero ello nos lleva a otra pregunta de mayor calado si cabe: ¿Por qué los poderes políticos de nuestros países occidentales, no hacen nada para combatir esta adicción?

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